
Gamaret, Catarratto, Caladoc, Folle Noire, Godello... solo por nombrar algunas cepas difíciles de encontrar, con producciones ultra reducidas o que vuelan por debajo del radar del consumidor general. No porque no estén disponibles, sino porque son tesoros guardados para quienes buscan algo más.
Antes del reinado del Tannat, la historia vitivinícola de nuestro país empezó de otra manera. Una de las primeras uvas tintas que se plantó en suelo uruguayo fue la Folle Noire. Sin embargo, en aquel entonces no prosperó del todo, era una uva amable, fresca, de perfil elegante y suave, parecida a una Pinot Noir.
El paladar de la época pedía otra cosa. Los gauchos, acostumbrados al mate amargo y a la potencia del cordero, necesitaban un vino con la garra suficiente para cortar la grasa de la carne y convivir con lo aspero de la yerba mate. El Tannat, con su estructura y sus taninos firmes, fue el maridaje natural para esa identidad. La Folle Noire, en cambio, quedó relegada casi al olvido.
Pero el vino siempre da revancha. Un grupito de enólogos apasionados decidió rescatar la historia y trabajar sobre esa última hectárea que quedaba en todo el país, reencontrándose con una variedad ancestral: suave, balanceada y con una frescura gastronómica increíble.
El resultado es pura mística: producción artesanal, pocas botellas y una verdadera edición limitada.
Folle Noire, de Estela de Frutos